El ser humano es un error en sí mismo. Jamás canaliza sus emociones, de manera que en el momento menos esperado, salta de la forma que menos imaginas.
Y es que hay errores que pesan. Pesan quizás más de lo normal. Tal vez hasta tengan menos relevancia que muchos otros, pero el mero hecho de que tu cabecita pensante no deje de rondarlo es más que suficiente para que se vuelva tu peor pesadilla.
A veces, actuamos sin consciencia de ello. Sabemos que no está bien y el mismo tiempo no, es como si actuase tu subconsciente y no te dieras cuenta de que eso no es lo correcto. Lo inteligente es despertar de ese letargo antes de cagarla, pero no siempre ocurre. La propia curiosidad te juega una mala pasada y, de repente... zás, la has liado.
Es entonces cuando, sin quererlo, te paras a pensar y te das cuenta de que son eso, errores; pero errores que se alejan tanto de tu comprensión, que ni siquiera eres capaz de asimilarlo en el momento y que, cuando por fin consigues saber lo que ha pasado, te machacan de una manera brutal haciéndote sentir una completa basura. Supongo que tenemos que perdonarnos primero a nosotros mismos, a menudo nuestra propia intolerancia es la que nos perturba y aplasta, no dejándonos ver más allá.
También aprendes que, no porque se cometa un fallo, hay que hundir a las personas en lo más profundo. Los sentimientos son barreras contra esos errores, pero no siempre funcionan a tiempo. Lo importante es tener claro cuáles son esos sentimientos, cuáles son sus barreras y darse cuenta de que la próxima vez, si es que hay una, serán infranqueables.
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