Y es que a veces simplemente te echo de menos, echo de menos aquello que fue nuestro por un tiempo y pareció irse perdiendo poco a poco, como se esfuma la niebla en una mañana de invierno.
Recuerdo con felicidad y al mismo tiempo con dolor aquella vez que fue la última en que te hice mía de verdad, porque aún lo eras... tu alma, mía; tu cuerpo, mío. Tú, toda enterita para mí.
Simplemente confié en ese sentimiento puro que te situaba tan dentro de mí que pensé que nunca te marcharías, ni siquiera un poquito.
"La vida es una rueda", dicen algunos; otros dicen que es más bien una partida de ajedrez, en la que en ocasiones perdemos y en otras, en cambio, ganamos; perdemos cosas a veces muy valiosas, otras no tanto.
El caso es que esto se trata de eso, de ganar y de perder, como cualquier otro juego con el que nos entreteníamos en nuestra infancia, juegos que no nos lo parecían tanto en aquellos momentos en los que nuestra mayor preocupación era convencer a mamá para que nos llevase al parque a eso mismo, a jugar.
No somos más que niños que juegan una partida común, en la que lo más importante no es ganar o perder, sino mantener aquello que realmente valoramos para poder disfrutar de ello durante todo el juego y compartirlo con los demás para que así, y sólo así, la victoria sea de todos.
No me faltes nunca, porque eres el pilar que me sostiene, y sin ti dudo que pueda tener siquiera el más mínimo indicio de querer jugar una vez más en esta partida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario