Supongo que fue el destino el que decidió que así fuera. El que decidió que, por azares de la vida, nos encontrásemos un día cualquiera en un lugar inesperado. Pero allí estabas tú, y allí estaba yo.
Recuerdo como si fuera ayer nuestro primer cruce de miradas, mis ojos se clavaron en ti igual que los tuyos sobre mí. Dulzura, bondad... pero también exotismo fue lo que pude ver en esa mirada maravillosa que me enganchó como una droga. Y no me equivoqué demasiado.
Esas miradas intermitentes pero seguidas me sobrecogían. No podía irme de allí, quería sentirte cerca, hablarte, tocarte, notar que eras real.
Del mismo modo, supongo que fue la vida la que un día me hizo decidirme a hacer eso que tanto quería hacer, eso que llevaba semanas deseando. Y lo hice.
Tus ojos me dijeron todo lo que necesitaba saber en ese momento. Era esperanza. Aunque tus palabras intentaban quitármela de alguna forma, yo sabía que existía.
Descubrirte poco a poco era mi aliciente cada día, estar desesperadamente enganchado a tu sonrisa no hacía más que asegurarme día tras día que algo había en ti que no todo el mundo tenía. Al menos, para mí. Y así me lo demostraste.
En cierto modo, jamás imaginé que fuera a suceder de esa manera, en algunos momentos lo veía muy lejano, incluso ni lo veía, aunque la esperanza sea lo último que se pierde.
Pero te entendía, entendía perfectamente todo lo que cada una de tus palabras querían decirme exactamente, quizás entendía lo que tu corazón me quería decir. Se abría a mí, el mío estaba abierto a ti.
No sabes cuánto valor tienen para mí todos los riesgos que corriste, cuánto dejaste por intentar que algo que estaba empezando a ser pudiera dar un paso más allá.
Tus dientes sobre mi cuello eran espinas venenosas clavándose sobre un tejido demasiado blando y vulnerable, no había remedio. Todo lo que hubieses querido hacer en ese momento se habría cumplido. Yo simplemente, te seguía.
Tus labios sobre mis labios... tus labios sobre mis labios. Punto.
No existe nada más.
Podría quedarme así toda la eternidad. Eres precioso. Eres maravilloso. Me encantas. Me excitas.
Era algo fuera de lo normal, lo sabíamos. Ninguno de los dos éramos capaces de concebirlo. Sólo disfrutábamos de la compañía, de nuestra presencia, de nuestras caricias, de nuestros abrazos... de esos abrazos que me dejaban sin respiración, y aún lo siguen haciendo.
Pero tal vez fue el propio destino, supongo, el que de igual manera decidió que esta historia terminase, o no terminase nunca. Quizá arriesgaste cosas que no querías arriesgar en realidad.
Yo sigo aquí, esperando una respuesta del destino o de la vida, porque por más que busco, no la encuentro. No sé si algún día volverás a mí o no, quizás ya nunca más volvamos a besar nuestros labios. Quizás te siga deseando como lo hago ahora durante mucho tiempo, tal vez mañana ya no quiera verte más.
Pero, ante todo, necesito ser realista y aceptar la derrota. Esta batalla está ganada.
Por ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario