Labios tiernos porque se entregan, abrazos y estrechamientos fuertes porque se necesitan. Su mano derecha sobre el antebrazo izquierdo del otro, la izquierda en el bolsillo trasero del pantalón apretando esa mano que se siente como una lengua de fuego que quema. Loco, está loco por él, y viceversa. La nuca bajo su palma se le antoja de chocolate, quiere morderla, lamerla, poseerla. Esa parte que se encuentra al final del labio superior, justo al lado de la comisura, es tan sensual que la besa y seguidamente se aparta para mirar cómo se enrojece por el roce. Se excitan mutuamente en una explosión de fluidos corporales que no paran de segregarse. Traspaso de saliva, pieles fundidas en temperaturas abrasivas. Sus ojos, sus miradas, ambas se penetran con solo encontrarse. Las pestañas se enredan, las lenguas no pueden despegarse. Ataque de locura que provoca movimientos bruscos, caen sobre el sofá. Genuflexión de uno, cuna de placer para el otro. Incluso con ropa es abrumador, no pueden parar. Delicioso. El cinturón sobra. Tocan sus vientres ardientes deseosos de ser rozados por una lengua fría que calme ese fuego. La camiseta estorba también, desde hace rato. La yema de su dedo índice empieza a surcar ese cuero desnudo que parece de seda y, según lo hace, el bello se eriza. El espinazo se contrae, las costillas se abren y dan paso a un incesante jadeo húmedo que se acalla con besos más mojados aún. Lóbulos que se liberan como libélulas de colores, atraen hacia sí mismos esos mordiscos tiernos y dulces que no quieren terminarse nunca. Las piernas piden libertad, la piden a gritos. Tirón desde abajo y listo. Ahora sí, sólo queda un trozo de tela que contamina la impoluta carne que debajo hierve. Tela humedecida, se deshace. Apenas hace falta tocarla para apartarla, el cuerpo la expulsa cual serpiente al desprenderse de su piel. Nada los separa. Nada. Juegos que avanzan en la dirección adecuada, en la esperada y deseada, nada lo evita ni puede hacerlo. Manos que se unen entrelazadas, nudos que se atan y no se pueden desenlazar. Se hunde en su carne con la suya, pide más, grita que quiere mucho más. Envestidas múltiples, sosegadas e intensas al principio, descontroladas al final. Sudor que se mezcla, respiración común, mismo aire. Expiración de uno, inspiración del otro. Latidos que marcan el mismo ritmo. Ambos corren a idéntica velocidad. No pueden poseerse más, se pertenecen eternamente en ese mismo instante. Fricción que se acentúa, paraíso inverosímil pero real. No desean otra cosa que seguir sintiéndose uno dentro del otro para siempre. Buscan sus labios, los muerden. Esa sangre no es dolor, sino pasión. Clavan sus dedos sobre sus espaldas. Se retuercen. Los gemidos gritan todo lo que no se dice. Movimientos rápidos alternados con otros más lentos. Se clavan, a la vez que se profieren alaridos de locura. Fuerte, más fuerte. La presión en el pecho es máxima, el corazón pide salir. Ya no pueden más, ya no. Imposible aguantar. Llega, lo sienten. Llega y no se puede evitar. Todo. Absolutamente todo. Lo tienen todo. No extrañan nada.
Desahogo, voz tranquila que deja escapar apenas unos murmullos vocálicos insignificantes. Respiración superficial, suave, que acaricia.
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