miércoles, 10 de julio de 2013

Que nieve.

Qué oscura y sempiterna realidad. Qué cantidad de injusticias asoman a la ventana todos los días y nos hacen asumir que es algo normal. Nadie se valora, nadie tiene esa esfera de cristal que agitar para remover la nieve estancada y hacer de un día cualquiera nuestro día, para hacer nevar incluso aunque estemos en pleno verano.
Yo a veces cojo la mía, aunque no entienda muy bien eso de la nieve en verano, la volteo y me pongo a mirar. Es curiosa la inmensa desproporción que hay con respecto a la vida real; las figuras son tan grandes ahí dentro, sus casas son tan bonitas; y además, sonríen y tienen las mejillas sonrosadas a pesar del frío que parece hacer, y esos copos de nieve que en comparación con ellos, son inmensos. Es como un mundo dentro de otro mundo, ese cristal transparente a modo de atmósfera que separa su realidad de la nuestra y nos convierte en iguales al tiempo que diferentes. Seremos como una bola de cristal con nubes de algodón y edificios en miniatura para alguien, y tan pequeñitos que apenas se nos verá desde fuera... ¿Quién nos coge y nos voltea, para ver qué sucede...? Desde luego el niño que hay en mi bola no puede hacer que nieve cuando quiera, soy yo el que decide cuándo hacerlo, y estoy seguro de que le pilla por sorpresa aunque siempre esté sonriendo.

Pues bien, quizá no sea ni tan siquiera parecido, pero está claro que seamos o no una esfera de cristal con nieve o purpurina por dentro, lo único que podemos hacer en ocasiones es mantener nuestra sonrisa e intentar que nieve o salga el sol cuando queramos, siendo conscientes de que puede ocurrir cualquiera de las dos opciones en cualquier momento. Pero siempre con una sonrisa.

Aunque haga mucho frío. Aunque nieve o granice.





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